El mundo de la física cuántica es para la mayoría de los mortales como intentar encontrar comprensible un texto jurídico chino, sin saber de leyes ni chino, claro está. Tiempo afectado por la gravedad, agujeros de gusano, micropartículas que están en dos sitios a la vez, todo un enigma. Hay ocasiones en las que ocurren cuestiones alejadas del entendimiento humano, y la historia que viene a continuación es una de ellas.Evidentemente en el siglo XIX el mundo de la ciencia discurría por los apacibles senderos que Newton había establecido un siglo antes. Las manzanas se caían de los árboles y todo era más o menos normal. Si los científicos de la época hubieran sido más observadores y abiertos se tenían que haber fijado en Svetlana Gólubev, la anciana de la foto, y no en las iguanas de las galápagos. Por supuesto para los hombres doctos pasó desapercibida, pero no para los hombres del espectáculo, el entretenimiento y la buchaca llena de monedas, es decir, los promotores circenses.
La única referencia a Svetlana proviene de un pequeño artículo de periódico del que se habla de la llegada a Londres de un circo ruso en Abril de 1864. Esta caravana de maravillas traía como principales reclamos a unos gemelos ucranianos capaces de comer acero y a Svetlana, una abuela con una capacidad asombrosa.
Al parecer la señora Gólubev tenía la habilidad de que cualquier objeto, persona o animal que introdujera debajo de sus faldas desaparecía, para volver a aparecer al cabo de un rato a unos metros de distancia. Esto en el mejor de los casos, en ocasiones los objetos aparecían a kilómetros, se esfumaban para siempre o incluso se sospecha que viajaban en el tiempo. Efectivamente, como lectores inteligentes de Memoria de lo Irreal habrán reparado el porque hablaba de mecánica cuántica al comienzo de esta historia, esta buena mujer tenía una paradoja físico-temporal debajo de sus faldas (lo de agujero negro me sonaba demasiado grosero).
La abuela declaraba en la prensa: "No se ni me importa lo que ocurre ahí debajo, lo que sé es que me lleva ocurriendo desde que parí a mi decimoséptimo hijo, Alexei, que curiosamente pesó mucho más que ningún otro al nacer" y continuaba " desde que mi marido Antonov me repudió, ya que no se aliviaba a gusto en estas extrañas condiciones, me enrolé en este circo, donde me dan una cama y leche con galletas a diario".
Al parecer el número consistía en que Doña Svetlana salía a la pista con su ayudante, un domador de cabras portugués, apellidado Muthiño. Svetlana, para guardar su pudor, vestía una gigantesca falda negra. Muthiño levantaba con un palo un pliegue de su falda, e iba introduciendo cosas. Al principio metía objetos pequeños, un cubo, una trompeta, para luego pasar a cuestiones de mayor tamaño. Se cuenta que en Kiev Svetlana engulló un piano de cola enterito. Al rato los objetos aparecían a unos metros de la abuela paradoja, precedidos de un extraño flash. Las mayores ovaciones del público las recibía cuando empezaban a meterse bajo la falda criaturas de toda clase: gallinas, corderos, un mono amaestrado. De hecho las cabras de Muthiño también se metieron un día, pero nunca más se supo de ellas.
Para el truco final empleaban a gente, voluntarios del público en su mayor parte. Los aguerridos espectadores comentaban que empezaban a meterse bajo la falda de Svetlana, y al llegar a las enaguas todo se volvía blanco y confuso, y al momento siguiente tenían ante si de nuevo a la abuela y a la grada enfervorecida.
En privado Muthiño, como era un hombre curioso, experimentaba con la anciana. La metía una cuerda y al rato parte de la soga aparecía de la nada, flotando tras una luz. Sin embargo el final de la abuela paradoja fue tan misterioso como su capacidad.
Una noche el circo fue sobresaltado por un extraño ruido. Toda la trouppe salió de sus caravanas a ver que ocurría, y se encontraron la caravana donde dormía Svetlana plegándose sobre si misma. Al cabo de unos minutos hubo un gran flash y una onda tiró a todo el mundo al suelo. Al recobrarse los artistas circenses se dieron cuenta que la caravana había desaparecido, y con ella la abuela paradoja. Lo más curioso es que en su lugar estaban las decenas de objetos que habían desaparecido, las cabras de Muthiño y diez cosacos a los que se perdió el rastro tres años atrás.










